No fue el evangelio lo que trajeron

No fue el evangelio lo que trajeron

Llegaron cargando una espada y una cruz, como si no existiera una contradicción fundamental entre ambos elementos.

  • Catagoría:  Fe
  • Autor:  Miguel Pulido
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El mismo Jesús anuló el uso de la primera como una opción viable para sus seguidores cuando le dijo a Pedro: “vuelve la espada a su sitio…” (Mateo 26:52).

El discípulo pensaba estar haciendo lo correcto al luchar para que no capturaran a su Maestro, incluso cortando la oreja de una persona en el proceso.

Sin embargo, Jesús detuvo ese impulso.

Y sanó a quien había sido herido.

Porque el uso de la violencia deslegitimaba la esencia de la misión.

La cruz a la cual iría al día siguiente era la muestra suprema de lo que es capaz de hacer la saña, la maldad, la soberbia y el ego humano.

Un madero se había convertido en una estrategia de tortura para intimidar a todo aquel osara rebelarse contra el estatus quo.

Jesús decidió absorber la violencia en lugar de utilizarla como mecanismo válido para cumplir con su misión, porque cualquier mensaje que requiera la fuerza para ser aceptado es, en realidad, más débil de lo que se podría creer en primera instancia.

Las buenas noticias lo son, ya que no acuden a la maldad para imponerse sobre nadie.

Porque su origen y su meta es el amor.

Y el amor no se puede imponer, debe surgir de la voluntad.

Así que lo que trajeron aquellos que, en el nombre de Jesús, asesinaron a indígenas, violaron mujeres, despojaron tierras y robaron oro, en realidad no era ningún Evangelio.

Sólo porque le antepongas “Dios” a cada pretensión de tu ego no quiere decir que él esté respaldándolo.

De hecho, si esas personas hubieran leído la historia de Jesús, notarían que la evangelización se trataba de enseñar, no de imponer; de amar, no de matar; de servir, no de conquistar; de perder para ganar; de entregar la vida, no de acabar con ella; de incluir gente de toda raza, lengua y nación, no de destruir a cualquier raza, lengua y nación que no sea la nuestra.

No creo que debamos irnos al extremo de divinizar lo que ocurría en América, ya que la historia también nos ha demostrado la cantidad de atrocidades que aquí se experimentaban y perpetuaban.

Nuestra tierra no era el cielo.

Pero eso no significa que, con el Evangelio como excusa, se pueda usar aquella espada que debería haberse quedado oxidada en la vaina de Pedro desde el día en que Jesús le dijo que la guardara.

El Evangelio redime, no destruye.

Su mensaje es de vida, una que trasciende la muerte.

Como el mensaje de Jesús llegó con ese rostro desfigurado, sanguinario, violento e impositivo, hemos necesitado siglos para tratar de destilarlo de todas las impurezas con las que sus primeros emisarios lo contaminaron.

Lo verdadero consigue germinar en medio de la maleza de lo falso.

La belleza logra florecer para revelar la horripilante máscara del impostor.

Una cruz no pudo detener a Jesús.

Una espada empuñada en su nombre tampoco fue barrera para que el amor se abriera paso y trajera auténtica esperanza.

Han sido muchos los que a lo largo de la historia no sólo han pedido perdón por las atrocidades de la conquista, sino que modelaron una clase de vida más parecida a la del Maestro.

Mostraron que este no simplemente es un anuncio por creer, sino un mensaje por encarnar.

¡Somos la noticia! Y poco a poco, casi imperceptiblemente, las ondas de esas voces han logrado que el parásito de la espada deje de alimentar su putrefacta energía con las palabras de Aquél que la rechazó para siempre.

 ©MiguelPulido


Miguel PulidoPor Miguel Pulido
Miguel es Teólogo del Seminario Bíblico de Colombia, y pastor de jóvenes de la Iglesia Confraternidad en Bogotá, además de ávido escritor con la capacidad de conectar nuestra realidad con la perspepctiva bíblica.

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