Coronavirus y el fin de la humanidad

Coronavirus y el fin de la humanidad

Fui al supermercado a comprar algunas cosas que hacían falta en casa. Algo en el ambiente era inusual.

  • Catagoría:  Fe
  • Autor:  Miguel Pulido
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El parqueadero estaba completamente lleno, a pesar de ser mitad de la mañana de un día entre semana. La sorpresa siguió cuando entré y vi las interminables filas de gente frente a cada una de las cajas. Al menos había 20 carros de mercado en cada una de las 25 cajas, todas habilitadas.

En el recorrido de compras noté muchos anaqueles vacíos y a los funcionarios aturdidos porque no daban abasto frente a la demanda de los clientes. Vi que una señora había tomado 3 cajas completas de cartones de atún (o sea, unas 120 latas) y 3 bolsas de 10 kilos de arroz cada una (¡30 kilos!). Llegué a comprar el jabón líquido de manos y, como es costumbre, tomé el que siempre compramos. Un señor me lo rapó porque era el último anti-bacterial que quedaba, a pesar de que ya llevaba otros cuatro. Escuché de alguien que ofrecía cajas de tapabocas a $50.000, aunque hace un par de semanas no sobrepasaban los $10.000.

Entre el pánico y la estupidez no hay mucha diferencia.

Declarada la pandemia del coronavirus por la OMS y el estado de emergencia en Colombia, una parte importante de la gente tomó esta clase de medidas para resguardarse, aunque paradójicamente terminaron en un lugar con más de mil personas que estaban tomando las mismas medidas para resguardarse, exponiéndose así a tener contacto con un potencial infectado. El mundo tiene temor y se respira intranquilidad en el ambiente. Y los medios de comunicación tampoco ayudan mucho, porque dicen que debemos mantener la calma, pero hacen informes que incluyen música terrorífica, cifras en rojo, dibujos que manifiestan un crecimiento aterrador, crean hashtags y dedican una gran parte de sus noticieros a girar sobre el mismo punto. ¿Quién los entiende?

He sido testigo de primera mano de lo que es capaz de generar el temor en las personas y el resultado es verdaderamente aterrador. La sensación que me dejó esa experiencia en el supermercado es que cada quién quiere salvarse y los demás que vean qué hacen. Cada quien puede comprar lo que quiera, pero ¿es necesario un jabón más cuando ya tienes 4 en la despensa? ¿Son necesarias 120 latas de atún cuando puede haber familias a las que les servirían 10 de esas?

Mi problema no es con la prevención, es con el egoísmo.

Porque parece que lo importante no es que sobrevivamos, sino que yo sobreviva.

Una crisis es suficiente para desnudar lo que en realidad somos.

Nos ufanamos de ser la generación que tiene un mayor sentido de humanidad, que es capaz de pensar en los más necesitados, de darle voz a los animales maltratados, de defender el cuidado del medio ambiente, pero un virus microscópico expuso la fragilidad de nuestro cuerpo y también de nuestra ética. Tan pronto como el barco se hunde, nos importa salir a flote y los demás que se ingenien cómo salen adelante. El concepto de sacrificio no está en nuestro lenguaje. Cada quién responde por lo suyo.

El coronavirus demostró que nuestro sentido de humanidad llega a su fin cuando se trata del propio pellejo. Las crisis demuestran de qué estamos hechos y, lamentablemente, parece que estamos compuestos por una gran capa de orgullo, codicia y egoísmo. Vivimos en medio de la generación más avanzada tecnológicamente en toda la historia humana, pero no importa sacar a pasear de vez en cuando al troglodita primitivo que todos llevamos dentro.

Sinceramente, le temo más a ciertos humanos que al coronavirus.

 

©MiguelPulido


Miguel PulidoPor Miguel Pulido
Miguel es Teólogo del Seminario Bíblico de Colombia, y pastor de jóvenes de la Iglesia Confraternidad en Bogotá, además de ávido escritor con la capacidad de conectar nuestra realidad con la perspepctiva bíblica.

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