Mocoa, Dios existe y no es un genocida

Mocoa, Dios existe y no es un genocida

Entiendo que una tragedia como la de Mocoa causa profundo dolor. Las familias que están experimentándola no merecen más que nuestro apoyo

  • catagoría:  Fe
  • Autor:  Miguel Pulido
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Son estos momentos los que demuestran el valor de la solidaridad humana para traer esperanza a los escenarios más oscuros.

Sin embargo, en el portal popular Las2Orillas el señor César Ospino publicó una nota bajo el título “Mocoa: Dios no existe y si existe es un genocida”[1]. Una afirmación de semejante proporción y con tal cantidad de visitas merece, desde mi punto de vista, una respuesta, una contraparte, especialmente si sus argumentos y aseveraciones carecen de un verdadero peso. Obviamente, el dolor tiene una dimensión emocional que ningún razonamiento puede aliviar, pero mi propósito es mostrar los problemas presentados en la argumentación de Ospino, lo cual, eventualmente, puede brindarnos una perspectiva diferente.

En términos concretos, la tesis del autor, tras una muy somera interpretación del significado de la disciplina teológica llamada teodicea y una pobre investigación del estado del arte, es que Dios permite o crea el mal, de tal manera que él no existe o es malvado.

Según las afirmaciones de las teorías de la selección natural, se manifiesta la subsistencia del más fuerte. Aquellas especies que puedan adaptarse para sobrevivir son las que siguen adelante en la historia. La cadena alimenticia es una evidencia de esta lucha por la preservación propia. No obstante, no sería lógico llegar a un aula universitaria y decir: “yo no creo en la selección natural; no existe, porque es cruel”. Seguramente, el profesor manifestaría que no importa la supuesta maldad para comprobar la existencia de esta realidad. Es un salto lógico sin sentido. La selección natural no dejará existir, desde el punto de vista biológico, aún si yo la considero cruel o no. Los juicios de valor no afectan su existencia, al contrario, la demuestran. ¿Cómo podría considerar malo o bueno algo inexistente?

Dentro de la especie humana, sin embargo, se da un fenómeno absolutamente extraordinario: contrario a la dirección común de la supervivencia del más fuerte, nosotros tenemos la tendencia a proteger a los más débiles. No los vemos como cargas o como retrasos en nuestro camino al progreso. Calificamos como “buena” toda iniciativa que pretenda proteger a los más vulnerables de nuestra especie. ¿De dónde sacamos esa idea? Una persona cínica podría señalar las catástrofes humanas y decir que son metodologías de depuración natural, pero la resistiríamos con toda nuestra fuerza.

Porque poseemos conciencia.

Esta característica nos invita a pensar sobre la libertad como una parte esencial de la experiencia humana. No somos simplemente un manojo de instintos irresistibles. Para un león no es “bueno o malo” comer venados, porque simplemente se está guiando por su necesidad de subsistencia. En cambio, nosotros elegimos. Y al tomar decisiones, escogemos entre lo bueno y lo malo.

Ospino sostiene que la manera cristiana de explicar el mal es por medio del Diablo. Está equivocado. En el relato bíblico encontramos que el ser humano escogió la maldad, no fue impuesta por un ser externo. Dios nos creó con la capacidad de elegir, y para que eso fuera posible tenía que haber dos opciones distintas, porque de lo contrario no se podría ejercer la libertad. ¿Qué pasaría si cada vez que Ospino quisiera escribir una palabra en contra de Dios sus dedos no respondieran o su procesador de texto se negara a trabajar o sus funciones cerebrales dejaran de ejecutarse hasta que sus pensamientos fueran solamente a favor de la divinidad? ¡No sería libre!

La bondad del Dios que predica el cristianismo se manifiesta, precisamente, en que nos dio capacidad de elegir…incluso algo diferente a él o a su voluntad.

Toda decisión tiene una consecuencia, buena o mala, individual o colectiva, inmediata o lenta. Por lo tanto, una parte esencial de la libertad es la responsabilidad, la cual se revela en asumir los resultados de las elecciones que hacemos. Pero vivimos en una sociedad adolescente, obsesionada con la libertad irresponsable, que demanda que le respeten lo que desea hacer pero tan pronto como llegan las consecuencias indeseables de sus actos, le traspasa la culpa a otros.

Ha sido demostrado y documentado por investigadores y periodistas que la tragedia ocurrida en Mocoa se hubiera podido evitar[2]. La ambición de unos y la necesidad de otros generaron un cóctel trágico del que somos ahora testigos. La tala indiscriminada de árboles, las viviendas construidas demasiado cerca de ríos, la explotación de la tierra, todos factores que surgen de elecciones humanas. No, definir a los culpables no resta ni un miligramo al dolor que se carga en el alma, pero pone las cosas en perspectiva. Porque, en realidad, esta tragedia no es un juicio divino ni una evidencia de la ausencia de Dios ni una demostración de su carácter genocida, sino que es la manifestación de las ramificaciones infinitas que tiene la libertad humana. Hemos escogido el mal, y eso siempre trae consecuencias. No podemos exigir libertad y quejarnos porque se nos dé.

Normalmente, cuando llegan estas tragedias le preguntamos a Dios ¿por qué permites el sufrimiento? Toda experiencia dolorosa, como este desastre provocado por malas decisiones y por la ambición humana, muestra que la pregunta en realidad es al contrario. Dios es quien nos está preguntando ¿por qué permites tú el sufrimiento?

Tenemos una responsabilidad con nuestros hermanos que sufren. La prevención no debería ser una opción en la lista de tareas pendientes. Esta es una oportunidad para darles una pizca de esperanza a todos aquellos que hoy sufren las consecuencias de los actos de otros. Seamos el resplandor de una mañana diferente, y resistámonos a seguir tomando decisiones irresponsables que lastimen la vida de personas vulnerables. Esta situación, lejos de ser una supuesta demostración de la inexistencia de Dios, es una invitación a que tomemos en serio nuestra libertad y elijamos el bien.

Escojamos darles a nuestros hermanos en Mocoa el bienestar que les fue arrebatado.

©MiguelPulido


Miguel PulidoPor Miguel Pulido
Miguel es Teólogo del Seminario Bíblico de Colombia, y pastor de jóvenes de la Iglesia Confraternidad en Bogotá, además de ávido escritor con la capacidad de conectar nuestra realidad con la perspepctiva bíblica.

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