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Ramon y la vida que no conocemos

Ramon y la vida que no conocemos

—Yo regresé —me dijo el campesino con un poco de nostalgia en la voz, de melancolía—, porque yo no tengo más para donde irme, porque esa tierrita es lo único que tengo.

Es solo un hombre de un pueblo de Antioquia que en un día de agosto de 2002 tuvo que abandonar su pequeña finca por los acosos de los paramilitares. Guerrillero, le decían, y amenazaban con desaparecer a su hijo, descuartizar a su mujer. Él no tenía la culpa de que cuando en vez los hombres del noveno frente de las Farc patrullaran por la vereda y le pidieran agua o comida o un marrano o cuatro gallinas.

—Qué va a decir uno mijo si el que tiene las armas es el que manda —reflexiona, me cuenta, mientras se mantiene enjuto sentado en la silla de una tienda.

Lo llamaremos Ramón.

Entonces Ramón una noche, sin que nadie se diera cuenta, cogió a su esposa y sus dos muchachitos y se los llevó para Medellín. No hubo tiempo de empacar, con lo que tenían puesto se montaron en un par de bestias.

Se demoraron tres horas en llegar al pueblo, corrieron el riesgo de caer en una mina antipersonal o en manos de algún comandante paramilitar que habría desaparecido sus nombres y sus cuerpos después de torturarlos hasta el límite. Así lo dejaron todo.

En Medellín vivieron en Lovaina, el barrio en el que los travestis consideran la ropa un exceso: las nalgas siempre afuera, redondas por las inyecciones de aceite. Y donde los clientes, apurados, necesitados de lujuria, les compran el sexo húmedo en las esquinas. Ramón vivía con su familia en un cuarto de cuatro metros cuadrados.

Sobre varias cajas de gaseosa tendieron un colchón y ahí dormían todos, a unos cuantos metros del piso para evitar las ratas que en las noches se comían las paredes a falta de un pan.  

Ramón —católico, tradicional— salía cada día a rebuscar, a lavar carros, a vigilar, a vender verduras en una carreta. Pero las noches para él eran un calvario: los travestis, las ratas, la poca comida, sus niños creciendo en medio de tal miseria.

Por eso volvió. Porque no aguantó, porque no encontró un futuro.

Dos cosas pienso ahora, mientras escribo esta historia que resultó de una reportería que hice para un libro que estoy escribiendo. Dos cosas, digo, la primera es que Jesús nos encomendó ir a predicar su evangelio a todo el mundo, y sobre todo a ellos, a los desechados, a los perseguidos, a los oprimidos, a los señalados.

Dice la palabra que a Jesús lo juzgaban porque se juntaba con borrachos y prostitutas; precisamente él dijo que había venido a sanar a los enfermos ¿lo hacemos nosotros, que nos hacemos llamar sus discípulos?

A nosotros, a los cristianos modernos, nos preocupa que el iOS 7 se parece mucho al Android, o que el servicio de jóvenes tenga las luces de última generación, robóticas, porque los nuevos tienen que saber que el evangelio es divertido, pero de compartir el evangelio a los pobres, de entregar nuestras pertenencias, poco. Poco. Muy poco.  

Lo segundo que pienso es que no conocemos el mundo, encerrados en una Iglesia hemos creído que la vida es eso, nuestros propios problemas existencialistas, nuestras nimiedades, nuestros egoísmos. Necesitamos recordar que Jesús nos llamó a morir, a crucificar nuestro yo egoísta, solo así podremos entregarlo todo por el evangelio, solo así.

Esto pienso, después de escuchar a Ramón.

Por ahora pienso, solo eso. 

Daniel RiveraPor @danaleph
Daniel Rivera Marín es periodista, actualmente es reportero en el diario antioqueño El Colombiano donde hace crónicas y reportajes sobre el conflicto armado que vive el país hace 50 años.



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